Archive for Enero, 2011

Estupendo anuncio de comida para gatos

Miércoles, Enero 12th, 2011

¿Es publicidad o es arte? Toda una narrativa en una foto, con humor y gancho.


François Villon, el primero de los poetas malditos

Domingo, Enero 9th, 2011

Puestos a buscar los orígenes de la poesía maldita, éstos pueden remontarse al italiano Cecco Angiolieri (1260-¿1313?) o al francés Rutebeuf (1250-1285). Pero habría de ser un compatriota de este último, François Villon, nacido, al parecer, en 1431, quien inaugurara tan ilustre nómina. Tantas y tan grandes fueron sus fechorías, que el escritor siempre procuró asociar a su obra, que nadie mejor que él para ocupar tan fascinante puesto. Al menos así lo estimaron los románticos, Baudelaire y los simbolistas, en cuyo manifiesto no dudaron en atribuirle la paternidad de la lengua y la poesía francesas.
François de Montcorbier, verdadero nombre del poeta, vino al mundo en una familia pobre. Protegido del clérigo Guillame de Villon, éste impulsará los estudios eclesiásticos de François. En agradecimiento a él, a quien calificará de “más que un padre” al comienzo de su ‘Testamento’, el joven tomará su nombre. Sus días de estudiante constituyen la gran incógnita de su biografía, pero cabe suponer que fue entonces cuando empezó a frecuentar burdeles y tabernas. Maestro en Artes por la Universidad de París y ya hecho a la vida goliarda, alborotador y pendenciero, en una de sus frecuentes trifulcas dará muerte a otro clérigo, Philippe Sermoise -según todos los indicios en defensa propia-; en otra, recibirá una puñalada que le dejará el labio partido para el resto de su azarosa y apasionante vida.
Irremisiblemente encanallado, la nochebuena de 1456 marca uno de los primeros jalones en su vida y en su obra. Será en ella cuando el poeta, en compañía de otros rufianes, perpetre un atraco en el Colegio de Navarra de París, de donde saldrán con un botín de 1500 escudos de oro. No obstante, finalizado el robo, aún tiene tiempo para escribir ‘Legado’, una de sus más celebradas composiciones. Si bien los expertos se refieren a la dificultad que su lectura entraña, el amor imposible inspirara unos versos en los que no falta el relato una furibunda sátira social en la que los notables del París de la época y los rufianes que han acompañado al escritor en sus crímenes, de los que da cumplida información en sus estrofas, salen igual de mal parados
Delatado en la primavera de 1457 por uno de sus compinches en el robo, Guy Tabaire, Villon habrá de huir de la justicia parisina, yendo a buscar refugio en la corte de Charles d’Orleans en Blois, donde se protege a los poetas, y en la René d’Anjou, quien compagina el trono de Sicilia con el cultivo de la poesía. No siendo el nuestro uno de esos autores al gusto de los palacios, en ambos casos, sus intentos resultarán inútiles por más que asegure que sus fuga de París es debida a un desengaño amoroso. Encarcelado en la prisión de Meung-sur-Loire por sus vagabundeos con un grupo de actores, profesión perseguida por la Iglesia en aquellos días, Villon será torturado con frecuencia. Creyendo próximo el fin de sus aventuras, apenas es puesto en libertad por mediación de Luis XI, el poeta ladrón redacta su ‘Testamento’. Considerado por la crítica como uno de los poemas más bellos de toda la Edad Media, se incluyen en él algunas de sus composiciones más concodidas, tal es el caso de “Balada de las damas de antaño”.
Otra vez en París, volverá a dar con sus huesos en la cárcel. El robo en el Colegio de Navarra aún no ha sido olvidado. Semanas después, tras jurar que devolverá el dinero, es puesto en libertad. No pasará un mes antes de que sea condenado a la horca tras ser reconocido en una pelea de taberna, en la que habrá varios heridos. Será entonces, convencido de que acabará sus días en el cadalso, cuando escriba su poema más conocido, la “Balada de los ahorcados”. Concebida a modo de autoepitafio, en sus versos, quienes van a ser ajusticiados, mantienen un diálogo que es a la vez una súplica de clemencia. Dentro de tan conmovedor asunto, nuestro escritor apunta: “Mediante una cuerda de dos varas, sabrá mi cuello lo que pesa mi culo”.
Sin embargo, pese a sus propios pronósticos, el patriarca de los poetas malditos salvará el pellejo. Conmutada la pena capital por el destierro, escribirá un último poema, pleno de emocionado agradecimiento a los miembros del Parlamento que le han perdonado la vida. Corre a la sazón el año 1463. Se calcula que murió poco tiempo después, cuando el maestro apenas contaba 32 años. Pero, a ciencia cierta, nada se sabe de su vida a partir de entonces.


Yukio Mishima, el escritor samurai

Jueves, Enero 6th, 2011

Prácticamente reducido al ecuador de los años 80, cuando el estrenó de la película de Paul Schrader -«Mishima» (1984)- y la reedición de la traducción de Juan Marsé de «El pabellón de oro» (Seix Barral, 1963, 1985) llamaron la atención de los medios de comunicación sobre él, el interés del lector español medio por la obra de Yukio Mishima puede calificarse de tibio. Según parece, el novelista y dramaturgo nipón viajó por nuestro país meses antes de quitarse la vida. Es más, incluso se cuenta que llegó a tratar en repetidas ocasiones al doctor Vallejo Nájera, quien aparentemente se nos antoja tan alejado a su torturado colega oriental. Pero, en honor a la verdad, hay que apuntar la obra del escritor, que durante años fue el novelista japonés más conocido en Occidente, en líneas generales, en España ha inspirado la misma indiferencia que el resto de las manifestaciones culturales niponas.

La primera, de las no pocas contradicciones que presenta su biografía, es que, siendo la principal preocupación de su vida y de su obra la preservación de los valores del Japón tradicional, anterior a la occidentalización, Mishima sintiera a la vez la mismo interés por Occidente que Occidente por él. De hecho, los estudiosos de la literatura japonesa, enmarcan su obra dentro de la influida por la impronta occidental.

El 14 de enero de 1921, cuando Hiraoka Kimitake –Yukio Mishima es un seudónimo– nace, la literatura socialista y pacifista, que ha florecido en el país del Sol naciente desde comienzos de siglo, ha sido atajada violentamente. De los autores que en la estela de Émile Zola no han dudado en escribir contra la guerra ruso japonesa (1905), KotoKu Shusui, el principal de ellos, ha sido condenado a muerte y ejecutado en 1911. Kobayashi Takiji, militante comunista que años después intentará tomar el relevo a Shusui en la novela comprometida, morirá en 1933, al ser torturado por la policía en un interrogatorio. Mientras tanto, el pequeño Mishima, quien pese a pertenecer a la burguesía media se hace pasar por descendiente de una familia de samurais -los samurais serían una de sus principales referencias hasta el final de sus días- se educa en Gakushüin, la escuela por excelencia de la nobleza.

Estudiante universitario aún, cuando el escritor publica sus primeros relatos, la literatura japonesa asiste a una explosión de romántica exaltación nacional, que va preparando el camino de la Segunda Guerra Mundial. Antes de que esta confrontación acabe; Mishima publicará su primer relato «El bosque en flor» (1941) y el ejército le destinará a una misión suicida, de la que finalmente será relevado. No cabe duda, es en esta imposibilidad de autoinmolarse por la patria donde hemos de buscar otra de las claves de su vida

Publicada en 1949, «Confesiones de una máscara», donde el protagonista proclama abiertamente su homosexualidad tras recordarnos toda su existencia, será la novela que le catapulte a la cima de las letras japonesas. A ella le seguirán, entre otras, «La muerte en mitad del verano» (1953), «El tumulto de las olas» (1954) y «El pabellón de oro» (1956). Esta última, su obra más conocida, narra la historia del joven Mizoguchi, un aprendiz de bonzo obsesionado por sus complejos, «Cinco no modernos» y comienza a llevar una vida filocastrense que tiene su primera manifestación en una obsesiva práctica del culturismo. La fuerza, junto con la violencia, la belleza, la muerte y el erotismo, son las principales preocupaciones de sus páginas.

Aclamado en Oriente y Occidente, viaja por primera vez a Estados Unidos en 1958. Tal vez fuera entonces, en el país vencedor del imperio del sol naciente, donde comenzará a gestar el exacerbado nacionalismo que le inspirara durante todos los años 60. Aguijoneado ante el nuevo Japón occidentalizado, anhelante de unos tiempos que no van a volver, en 1968 escribe «Por el camino del samurai» y «En defensa de la cultura». Una y otra son sus obras más nacionalistas. Cuando esos mismos planteamientos le llevan a pronunciar conferencias en la universidad, es abucheado por los estudiantes. No obstante, consigue fundar entre algunos de ellos una organización de extrema derecha llamada Asociación de los Escudos.

Finalmente, obedeciendo a los seculares códigos nipones del honor, en 1970 decide hacerse el harakiri delante del jefe del estado mayor del ejército para protestar por la desmilitarización de su país.


El ladrillo efervescente

Domingo, Enero 2nd, 2011

No se rían, que puede ser la nueva panacea de la economía. Se echa al agua, al de un trasvase cualquiera, y alivia los síntomas de agotamiento de la demanda, los espasmos del desempleo y sobre todo esa sensación de vacío que desde hace algún tiempo se deja sentir en los bolsillos.
Si en los tiempos de prosperidad el ladrillo aseguraba grandes plusvalías y jugosas comisiones a sus distribuidores, calificadores, turiferarios e hisopistas, ahora, en tiempos de carestía, promete convertirse en la solución mágica de todos los males, presentes y futuros, a fuerza de reconvertir viviendas invendibles en pisos de protección oficial, prometer lo que no se pudo cumplir en otro tiempo y renovar la zanahoria que mueve al burro.
Es lo que hay, señores. Esta es toda la imaginación que le va quedando a nuestros dirigentes: ladrillos y más ladrillos. Ladrillos a precio de oro, en las costas, en los montes, en los parques, en los últimos andurriales recalificados a toda prisa para completar la sonsaca de algún ayuntamiento. Y ahora, ladrillos en saldo, para que no se pare la economía y no crezca el paro, porque la construcción es un sector vital y toda esa monserga que nos sabemos de memoria. Cuando ganaban, era suyo. Cuando pierden, es de todos. ¡Tres hurras por este liberalismo de cartón piedra!
Aquí, de fabricar algo, ni se habla. De pensar algo, mucho menos. Innovar, crear empresas que a su vez generen algo cuando acaben de construirse, no se plantea ni de broma. Aquí el que tiene un duro, lo mete en la tierra, como el condenado de la parábola de los talentos. En la tierra siempre, la de la fosa, si fresca, la del ladrillo, si cocida.
Ya nos pasó otra vez: cuando vino el oro de América, además de gastarlo en guerra europeas y flamencas, lo gastamos en iglesias casas solariegas y palacios, en vez de en fábricas de hilaturas como hicieron otros. Y eso quedó: un país lleno de blasones, de escudos señoriales, de iglesias descomunales, cuatro por cada pueblo, y ni una manufactura. Nos pasó ya, pero no espabilamos: la gente de los pueblos sigue comprando pisos en la capital para pasar el invierno y que los hijos las vendan cuando ellos falten, sin plantearse la gran pregunta: ¿a quién se las van a vender cuándo en esa capital no quede nadie, porque no hay trabajo?
Pero tranquilos, que para entonces ya inventará otro ladrillo efervescente, mentolado, o con sabor a naranja, para que las administraciones, las veinte o treinta que habrá entonces, puedan seguir cobrando sus impuestos sin preocuparse de que la tierra prospere y la gente no emigre.
Porque lo que cuenta es que haya muchos pisos, que son los que pagan IBI. Que los ocupe alguien o no, los trae al fresco.