Archive for the ‘Cultura’ Category
Un libro sobre la guerra de África (12 balas de Cañón)
Lunes, Julio 25th, 2011Durante los actos de la Semana Negra de Gijón, se ha presentado hoy domingo la novela Doce Balas de Cañón, de Rafael Martínez Simancas.
Como anfitrión y comentador de la obra actuá Paco Ignacio Taibo, que realizó una semblanza muy interesante de la novela como enfrentamiento entre dos modos de ver la vida, encarnados en un actor que tiene que ir ahora a aquel lugar a representar el papel del militar que defendió la plaza, y la propia historia de aquel militar.
Y es que doce balas de cañón es eso: una novela épica y sin complejos sobre el heroísmo delas fuerzas españolas en África y el desastre de Annual. Una novela sobre la impericia de los militares españoles que mandaban aquella operación y la férrea determinación de resistir en el sitio de Igueriben.
En Doce balas de cañón se recogee el carácter de Benítez, el militar al mando de la plaza, su hoja de servicios llena de valentía, borracheras e indisciplina, su determinbación de cumplir con su deber, su fatalismo, el fatalismo desesperado de los jóvenes soldados, casi todos analfabetos, que defienden aquel rincón olvidado y la insidia de una guerra que nadie podía ganar, unos por falta de objetivos reales que defender y otros por falta de medios propios con que atacar.
Y entr tanto, el actor que debe representar su papel, trata de imbuirse de toda esta época y este espíritu, pero sin conseguirlo, porque se llena de ideas y de imágenes, pero no logra atrapar ningún verdadero sentimiento.
Curisoamente, nos ccontó el autor, a los dos héroes princpales de esta batalla, les fusilaron al comienzo de la guerra civil. A uno, en África, por republicano, al otro en Paracuellos, por fascista. Esta es nuestra España.
Y no, no se habla de la épioca de los moros, de los cabileños, ni de Abd el Krim. Porque una novela no es imparcial ni debe serlo si pretende ser sincera. Porque los moros no son los nuestros.
Javier Pérez
El misterioso naufragio del Waratah
Miércoles, Marzo 16th, 2011Datos del buque:Construído por el Astillero Barclay, Curle & Co en el rio Clyde, Escocia, terminado el 12 de Septiembre de 1908. Los armadores eran Lund´s Blue Anchor Line. Capacidad máxima 430 pasajeros y 119 tripulantes. Capitán J.E. Ilbery.Eslora: 465 pies; Manga 59,2 pies; tonelaje bruto 9.339 tons. Velocidad máxima 13,5 nudos.
Fuente original: http://www.histarmar.com.ar/InfGral/SSWaratah.htm
El poeta preferido de los dioses
Viernes, Febrero 11th, 2011
Ser un romántiuco no es otra cosa que ser un loco exquisito. Eso fue Hölderlin.
Muerto el 7 de junio de 1843 en Tubinga, en la torre a orillas de Néckar donde le llevara su locura 1806, todo parece indicar que Johann Christian Friedrich Hölderlin perdió la cabeza por pedirle a sus semejantes más de lo que éstos son capaces de dar. “Jamás comprendí las palabras de los hombres, crecí en los brazos de los dioses”, dejó escrito en una de sus odas el hombre que, pese a su largo desequilibrio, es considerado el poeta alemán más grandes del siglo XIX.
Nacido en Lauffen (Württemberg) el 20 de marzo de 1770, apenas contaba el futuro autor dos años cuando murió su padre. Siendo el principal empeño de su madre hacer de él un buen clérigo, serán sus escuelas las de los conventos de Denkerdorf y Maulbronn. Estudiante, por fin, de Teología en el Stift -una suerte de seminario protestante de Tubinga-, será entonces, mientras descubre a Kant, Spinoza y Rousseau, cuando trabará amistad con Friedrich Wilhelm Joseph Schelling y Georg Wilhelm Friedrich Hegel.
Junto a los futuros filósofos plantará un árbol de la libertad al tener noticia de la revolución francesa, lo que le valdrá una reprimenda por parte de sus mentores. Ordenado pastor, empero, en 1793, nunca ejercerá su ministerio. Su religiosidad, estiman los expertos, tendrá expresión en sus versos. Así, a la sazón escribe nueve de los llamados por Dilthey ‘Himnos a los ideales de la Humanidad’, muy en la estela de uno de sus amigos de entonces, el poeta Friedrich Schiller -cuyo Himno a la alegría tanto nos recuerdan- vienen a cantar a la amistad, el genio, la juventud, la libertad y algunas otras cuestiones especialmente apreciadas en los años jóvenes.
Camarada de la práctica totalidad de los grandes hombres de la cultura alemana de su tiempo -si a Schiller lo frecuentó en Jena, mientras seguía unos cursos dictados por Fichte; a Goethe y Herder los trató en Weirmar-, será Schiller quien, además de publicarle los primeros fragmentos de ‘Hyperion’ le proporcionará el empleo de preceptor en casa de Carlota von Kalb, la mujer que le ha inspirado ‘Amor e intriga’. Pero la docencia no era la ocupación más adecuada para un hombre que concebía poesía y vida como un todo indivisible y soñaba con el resurgimiento de la civilización helénica, a la que dedicará su ‘Hyperion’ -hoy su obra más celebrada y una de la que ha conocido más versiones de cuantas la historia registra, en la que narra la triste experiencia de un joven griego que quiere combatir por la independencia de su país hasta que la barbarie de la guerra le sobrepasa-, cuya versión novelada completa apareció entre 1797 y 1799.
Recomendado, no obstante, por Hegel como preceptor de los hijos del banquero Gontard, en enero de 1796, Hölderlin parte a Frankfurt y se instala en casa de éste. Una vez allí no tardará en enamorarse perdidamente de su mujer, Suzette. Viendo en ella el ideal de “belleza griega” la convierte en la Diotima de sus versos. El comienzo del desequilibrio del poeta, bien puede datar de 1798, cuanto se ve obligado a abandonar Frankfurt e interrumpir su relación con Suzette. A partir de entonces, todo parece indicar que nada satisface a Hölderlin. En 1801, tras haber residido durante los últimos dos años en casa de un amigo en Homburg, se emplea como preceptor de los hijos de un comerciante en Hauptwyl (Suiza). Sólo permanecerá allí tres meses.
Schiller no puede o no quiere proporcionarle el empleo de profesor de griego en Jena que su viejo amigo le solicita y Hölderlin se coloca en casa del cónsul de Hamburgo en Burdeos. Abandona su nueva residencia en mayo de 1802 para regresar a Alemania andando. No hay duda: su razón ya está horada por la esquizofrenia. Cuando de regreso a la patria su amigo Isaac von Sinclair, el mismo que le acogiera en su casa de Homburg, le procura un puesto de bibliotecario, el desequilibrio que padece el poeta le impide aceptar.
Recluido en el manicomio de la Universidad de Tubinga, el doctor Autenrieth dictaminará que la locura de Hölderlin es benigna y confiará su custodia a un ebanista de la localidad, un tal Zimmer, quien lo recluirá en la torre referida anteriormente. Allí, sin más compañía que un piano desafinado, en él que muchos han querido ver una metáfora de su razón, Johann Chrisitan Friedrich Hölderlin pasaría el resto de sus días escribiendo extraños versos que firma con el nombre de Scardanelli.
Estupendo anuncio de comida para gatos
Miércoles, Enero 12th, 2011Yukio Mishima, el escritor samurai
Jueves, Enero 6th, 2011
Prácticamente reducido al ecuador de los años 80, cuando el estrenó de la película de Paul Schrader -«Mishima» (1984)- y la reedición de la traducción de Juan Marsé de «El pabellón de oro» (Seix Barral, 1963, 1985) llamaron la atención de los medios de comunicación sobre él, el interés del lector español medio por la obra de Yukio Mishima puede calificarse de tibio. Según parece, el novelista y dramaturgo nipón viajó por nuestro país meses antes de quitarse la vida. Es más, incluso se cuenta que llegó a tratar en repetidas ocasiones al doctor Vallejo Nájera, quien aparentemente se nos antoja tan alejado a su torturado colega oriental. Pero, en honor a la verdad, hay que apuntar la obra del escritor, que durante años fue el novelista japonés más conocido en Occidente, en líneas generales, en España ha inspirado la misma indiferencia que el resto de las manifestaciones culturales niponas.
La primera, de las no pocas contradicciones que presenta su biografía, es que, siendo la principal preocupación de su vida y de su obra la preservación de los valores del Japón tradicional, anterior a la occidentalización, Mishima sintiera a la vez la mismo interés por Occidente que Occidente por él. De hecho, los estudiosos de la literatura japonesa, enmarcan su obra dentro de la influida por la impronta occidental.
El 14 de enero de 1921, cuando Hiraoka Kimitake –Yukio Mishima es un seudónimo– nace, la literatura socialista y pacifista, que ha florecido en el país del Sol naciente desde comienzos de siglo, ha sido atajada violentamente. De los autores que en la estela de Émile Zola no han dudado en escribir contra la guerra ruso japonesa (1905), KotoKu Shusui, el principal de ellos, ha sido condenado a muerte y ejecutado en 1911. Kobayashi Takiji, militante comunista que años después intentará tomar el relevo a Shusui en la novela comprometida, morirá en 1933, al ser torturado por la policía en un interrogatorio. Mientras tanto, el pequeño Mishima, quien pese a pertenecer a la burguesía media se hace pasar por descendiente de una familia de samurais -los samurais serían una de sus principales referencias hasta el final de sus días- se educa en Gakushüin, la escuela por excelencia de la nobleza.
Estudiante universitario aún, cuando el escritor publica sus primeros relatos, la literatura japonesa asiste a una explosión de romántica exaltación nacional, que va preparando el camino de la Segunda Guerra Mundial. Antes de que esta confrontación acabe; Mishima publicará su primer relato «El bosque en flor» (1941) y el ejército le destinará a una misión suicida, de la que finalmente será relevado. No cabe duda, es en esta imposibilidad de autoinmolarse por la patria donde hemos de buscar otra de las claves de su vida
Publicada en 1949, «Confesiones de una máscara», donde el protagonista proclama abiertamente su homosexualidad tras recordarnos toda su existencia, será la novela que le catapulte a la cima de las letras japonesas. A ella le seguirán, entre otras, «La muerte en mitad del verano» (1953), «El tumulto de las olas» (1954) y «El pabellón de oro» (1956). Esta última, su obra más conocida, narra la historia del joven Mizoguchi, un aprendiz de bonzo obsesionado por sus complejos, «Cinco no modernos» y comienza a llevar una vida filocastrense que tiene su primera manifestación en una obsesiva práctica del culturismo. La fuerza, junto con la violencia, la belleza, la muerte y el erotismo, son las principales preocupaciones de sus páginas.
Aclamado en Oriente y Occidente, viaja por primera vez a Estados Unidos en 1958. Tal vez fuera entonces, en el país vencedor del imperio del sol naciente, donde comenzará a gestar el exacerbado nacionalismo que le inspirara durante todos los años 60. Aguijoneado ante el nuevo Japón occidentalizado, anhelante de unos tiempos que no van a volver, en 1968 escribe «Por el camino del samurai» y «En defensa de la cultura». Una y otra son sus obras más nacionalistas. Cuando esos mismos planteamientos le llevan a pronunciar conferencias en la universidad, es abucheado por los estudiantes. No obstante, consigue fundar entre algunos de ellos una organización de extrema derecha llamada Asociación de los Escudos.
Finalmente, obedeciendo a los seculares códigos nipones del honor, en 1970 decide hacerse el harakiri delante del jefe del estado mayor del ejército para protestar por la desmilitarización de su país.
El Gradual de Leonor de Aquitania.
Viernes, Diciembre 31st, 2010Louis-Ferdinand Céline. El mejor escritor nazi
Miércoles, Diciembre 29th, 2010
Las notas biográficas al uso no valen. Se hace muy difícil hablar de Louis-Ferdinand Céline sin dejarse llevar por la indignación que provocan en cualquier persona de buena voluntad sus filias políticas. Siendo como es el escritor nazi por excelencia, lo más fácil es endilgarle el prurito de “fascista charlatán” o de “antisemita arrogante” con el que le define -entre muchas otras cosas, casi todas más loables- Maurice Bardèche en la solapa del único trabajo sobre el escritor publicado en España (Aguilar Maior, 1990). Sin embargo, para sus admiradores más devotos -y lo son mucho considerando las fuertes sumas que se han pagado por sus manuscritos en estos días-, como el mismo Bardèrche sotiene, Céline es también el trapecista de la sintaxis, el artífice de una simbiosis magistral entre la verdad y la forma en que ésta se expresa.
Aunque las sutilezas del lenguaje de ‘Viaje al fin de la noche’ (1932) sólo le son reveladas al lector francés -traducida al español originalmente en una espléndida versión de la autora de novelas infantiles Carmen Kurtz, dicho sea de paso-, bien es verdad que el escepticismo generalizado que rezuma la obra maestra de Céline -”una pesadilla de frenético nihilismo que se expresa en un lenguaje agresivamente innovador, como un colérico tartamudeo que arrasa todas las normas convencionales y que reúne sin cesar un argot colérico, osceno y lírico a la vez”, según apunta José María Valverde en su ‘Historia de la Literatura Universal’- también es perceptible en otros idiomas. Así, leer a Céline en español, pese a que el sentido de ciertas frases se pierda en el camino que va de su lengua a la nuestra, constituye una experiencia tan apasionante que muchos de sus admiradores intentan negar que fuera un nazi argumentando el exacerbado escepticismo que inspira sus mejores páginas.
Nacido en Courbevoie (Sena) el 27 de mayo de 1894, el Céline con el que Louis-Ferdinand Destouches habría de entrar en el parnaso de la novelística del siglo XX era uno de los nombres de su madre. No hay lugar a dudas, la mejor forma de conocerle es leyendo ‘Viaje al fin de la noche’, tan autobiográfica como todas sus novelas, pero, si cabe, la que concierne a ciertos episodios cruciales en su vida. Convertido en Ferdinand Bardamou, Céline cuenta su experiencia en la guerra del 14 -donde las heridas que le causan los mismos alemanes a los que luego se venderá en el 39 le convierten en un héroe de Francia-, en el África colonial francesa y en unos Estados Unidos agobiantes, que empiezan a convertirse en la superpotencia que son actualmente. Acaba compartiendo las miserias de sus primeros pacientes -quienes raramente le pagan- en un suburbio de París. Tan mujeriego como políglota, las mujeres y los idiomas serán su llave y su norte en un periplo por unas sombras que no son otra cosa que cuanto de absurdo encierra la existencia.
El inmediato éxito que obtiene ‘Viaje al fin de la noche’ se verá refrendando por el Premio Renaudot y la publicación de ‘Muerte a crédito’ (1936), que conforma con la anterior un díptico en torno Bardamou, si bien, en este último caso, lo que se nos refierie es la adolescencia y la juventud de Ferdinad. Ya catapultado al éxito, indignado con los empresarios judíos que se niegan a estrenarle un ballet, comienza a gestar un antisemitismo que tiene una primera manifestación en ‘Bagatelas para una masacre’. (1937), a la que seguirán varias obras menores, siempre nacidas de su odio a los hebreos.
Adalid de la cultura de la ocupación alemana de Francia, junto a Piere Drieu La Rochelle, tras la liberación se verá forzado a seguir a sus amigos nazis en retirada. Cuando cree haber encontrado refugio en Dinamarca, es extraditado a París. Despreciado públicamente, es desposeído de todas sus profesiones en Francia. Pero su nueva condición de repudiado por sus paisanos, le convierte en una suerte de perdedor. Su nueva postura le hace sentirse a gusto, al fin y al cabo vuelve a estar contra todo y contra todos, lo que cuenta para él.
Al final de los años 50, un último atisbo de su genio despunta otra vez < en la trilogía que dedica a su exilio danés, integrada por ‘De un castillo a otro’ (1957) y ‘Nord’ (1960) y ‘Rigodon’. Inédita hasta 1969, esta última apareció 8 años después de la muerte del autor. Como apunta Maurice Bardèche en la obra ya citada, el tiempo, presto a limar los últimos rencores de la guerra, obra en favor de Louis-Ferdinand Céline al margen de los odios y cariños que este autor, uno de los grandes que diera el siglo XX en vida profesara.
El hombre que heredó un reino siniestro.
Sábado, Diciembre 18th, 2010
Y al atardecer de lo gótico, descolló en el horizonte Sheridan Le Fanú.
Merecedor de una simple referencia en “El horror en la literatura”, que viene a ser algo así como el canon del género según Howard Phillips, Joseph Sheridan Le Fanu es, no obstante, uno de sus principales maestros.
Considerado por muchos como el precursor de la actual “ghost story” fue un genuino heredero de la tradición de la novela gótica, a cuyos escalofríos consiguió insuflar una nueva turbación: la aportada por la verosimilitud de una sus mejores propuestas. Nace en ella el terror no de planteamientos sobrenaturales, si no de la más estricta exposición de unas atrocidades que podían haber sido tan ciertas como los enterramientos prematuros que gravitan en “La habitación de el Dragón Volador”, el título en cuestión.
Es ésta una novela corta en la que un viajero inglés por la Francia posterior a Napoleón se ve envuelto en la trama de unos estafadores. Éstos, valiéndose de los encantos de una bella actriz, quien se hace pasar por una aristócrata brutalizada por su marido, y de un doctor, que les hace ingerir una droga que les provoca un coma semejante a la muerte, roban y hacen sepultar vivos a cuantos incautos caen en sus manos. Para desvalijamiento se valen de las súplicas de la actriz, que dice necesitar mucho dinero para huir de su brutal esposo; para sus siniestras inhumaciones, del mejunje del doctor. Una vez bajo tierra, los desdichados son dados por desaparecidos sin que haya ninguna prueba de la terrible celada de la que han sido objeto. Como se ve, la angustia que aquí se palpa no nace de los fantasmas, aunque en lo que a la literatura de espectros se refiere, Sheridan Le Fanu también es digno del más encendido aplauso.
Irlandés como Charles Maturin y Bram Stoker, Joseph Sheridan Le Fanu nació en Dublín en 1818. Fue la suya una familia hugonote emigrada a la ciudad que viera nacer al futuro escritor en 1730. Entre sus parientes maternos se encontraba un dramaturgo, Richard Birnsley Sheridan, muy apreciado en su tiempo, según parece. Tras graduarse en el Trinity College de Dublín, el futuro escritor ejerció durante algún tiempo como abogado, pero sería su actividad editorial la que le ocuparía la mayor parte de su vida. Propietario del rotativo dublinés “Evening Mail”, de las revistas por él puestas en marcha cumple destacar la “Dublin University Magazine”, ganadora en su momento de prestigio internacional.
Tan reacio a los viajes como lo fuera Baudelaire, parece ser que Sheridan Le Fanu nunca abandonó su Dublín natal. Es más, en su “Antología de cuentos de terror”, Rafael Llopis apunta que el escritor era conocido como “El príncipe invisible” merced a su inveterada misantropía. Ninguna visita le era más grata que el estudio de las doctrinas de Swedenborg y la producción literaria. Como escritor se dio a conocer copilando baladas y leyendas irlandesas, cultivando igualmente la novela histórica en la estela de Walter Scott en títulos como “Guy Deverell” (1865).
Pero el Sheridan Le Fanu que se aplaude hoy en día es el de ficciones como “The house by Churchyard” (1863), “Wylder’s Hand” y “El tío Silas” (ambas de 1864). Ahora bien, dentro de esa constante por la que el género alcanza su mejores cotas en el relato breve, nuestro escritor da lo mejor de su producción en la colección “Las criaturas del espejo” (1872). Entre las piezas allí reunidas destaca “Carmilla”, acaso el primer cuento de vampiras, inspirador a su vez de cuantos súcubos se han visto en la pantalla. Se impone igualmente la referencia a “Schalken el pintor”. Gótica pura, en sus párrafos se mezcla el tema del alma en pena con algo tan terreno como los amores perdidos a consecuencia de una palabra mal dicha en un momento dado.
“La obra de Sheridan Le Fanu -escribe Roberto Cueto- marca la transición de la corriente clásica de los Radcliffe y Maturin a la llamada novela sensacionalista de la era victoriana (…). Esa tensión entre el pasado terrorífico y el presente cotidiano será una de las claves para entender gran parte del fantástico posterior”.
Sin embargo, ese punto de inflexión que supone al género no fue suficiente para librar al escritor del olvido en que cayó su obra tras su muerte, acaecida en 1873. Habría de ser uno de sus discípulos, el también aplaudido autor de terrores M. R. James, quien, reivindicándolo como una de sus principales influencias, recuperara al gran Sheridan Le Fanu para el público lector.
Los discos de mi abuela y el libro electrónico
Miércoles, Noviembre 17th, 2010
Aunque a mucha gente le cueste creerlo, los que tenemos setenta años también tuvimos abuelos. Mi abuela, concretamente, falleció en 1962, y era muy aficionada a la música. Entre las cosas que heredé de ella había un centenar de discos, casio todos de música clásica, y hace tantos años que los tengo de adorno, o como objeto de colección, que os quiero hablar de ello.
Se comenta ahora en todas partes que el libro electrónico es la sustitución natural del libro de papel, y seguramente sea cierto, aunque para algunos haya llegado demasiado tarde, aunque sólo sea por no cambiar nuestras costumbres. Yo estoy de acuerdo en que tiene muchas ventajas, en que se puede llevar a todas parte, no pesa, no ocupa, pernite tomar notas sobre la marcha, da la posibilidad de llevar contigo una biblioteca entra de 5.000 volúmenes y más detalles aún que me han contado y ahora no recuerdo.
Siempre me he considerado abierto a las innovaciones y trato, en lo que puedo, de aferrarme al presente en vez de vivir en el pasado, pero con esto del libro electrónico me acuerdo de los discos de mi abuela y me acuerdo también de la colección de clásicos de mi abuelo, aquellos librotes gordos de la editorial Aguilar, impresos en papel biblia, a dos columnas, y de mil y pico páginas cada tomo. Tengo en ese formato las obras completas de Balzac, las de Galdós, las de Tolstoi, tres tomos de las Mil y una Noches comentados por Cansinos Assens, las obras completas de Wilde, las de Goethe, las de Emilia Pardo Bazán y muchos más, hasta casi cien tomos.
Me dicen que todos esos libros son una parte solamente de los que cabrían en un moderno libro electrónico, pero me planteo y os planteo una cuestión:
¿No les pasará a esos libros como a los discos de mi abuela? Tengo discos de piedra (de pizarra), tengo discos de 16 revoluciones. Tengo discos de 33 revoluciones. Tengo discos de 45 revoluciones. Tengo discos de 78 revoluciones. Los tengo de acetato y seguro que de algún tipo más que no recuerdo. ¿Y sabeis qué pasa? Que la mayoría son como cuadros o acuarelas, proque lo único que puedo hacer con ellos es mirarlos.
Los libros de mi abuelo los he leído todos, los sigo leyendo, los han leído mis dos hijos y algunos de ellos ya los han leído mis nietos. Pero los discos de la abuela han pasado a ser inúitiles. ¿No resultará en una serie de años, pocos seguramente, que el formato, el aparato o lo que sea se quede obsoleto y haya que volver a comprar esos libros, o se pierdan?
¿Qué sucederá con las notas, con las páginas marcadas, con las líneas subrayadas? Porque yo aún tengo en mis libros los comentarios de mi abuelo, y sus reflexiones. Por mi parte, creo que el libro electrónico está muy bien para la gente a la que no le importa que las cosas duren o no, pero para quienes quieren conservar un poso, una herencia, y una trayectoia, me parecen muy peligrosos, porque te puedes quedar con ellos en la mano, como con los discos de la abuela o las cientas de casette de mis hijos.
¿Durante cuántos años más creéis que podréis leer esos libros?, ¿ a quién pòdréis dejárselos?, ¿qué valor tendrán en 100 años?. La colección de Aguilar de mi abuelo me la han tasado en 5000 €. ¿Qué valdrá la que vosotros dejéis? Si no os importa, pues también me parece lógico. No lo critico
Por último, un apunte, aunque sea más bien un desvarío, y perdonadme que plantee estas cosas:
¿Que clase de persona necesita llevar mil libros consigo cuando sólo puede leer uno o dos? Yo veo muy bien que haya opciones, pero el exceso de opciones produce parálisis, o eso me ocurre a mí. Llervar mil libros conmigo me privaría del placer, largo y laborioso, de elegir qué libro me llevo de viaje. Tonterías de viejo, pero quería decirlo, porque estas cosas , a la larga, son las que marcan a uno. Acaparar es una costumbre que se adquiere en poco tiempo y luego no se logra quitar nunca.
Por mi parte, de verdad, prefiero comprar algo que no depende de una marca, ni de una tecnología. Que es mío, que no me lo podrán borrar, ni obligar a comprar de nuevo ni necesitaré más patente ajena para usarlo que una vela, un candiil, o la luz del sol.
¿Es una ventaja pequeña? A míme parece enorme.
Ernesto Lera. Madrid













